2 de diciembre de 2017

Atardeceres y estrellas en el pueblo de mis abuelos

Con el corazón acelerado y tras más de 700 kilómetros de carretera, llegamos a “El Cruce” y percibo un aroma que me resulta familiar. Por fin puedo expulsar todo el aire que estaba conteniendo porque sé que ya estoy aquí. Ya he llegado al pueblo de mis abuelos. El olor a pueblo es indescriptible, es una mezcla entre frescor y campo que tiene un efecto inmediato en calmar mi cuerpo.



El ritmo de vida en el pueblo es tranquilo, salgo a la calle sin pensar en cuánto tiempo pasaré haciendo la compra, o con cuántos vecinos me cruzaré y me preguntarán el famoso “¿Y tú de quién eres?” No serán muchos, ya que es un pueblo que apenas supera los 1100 habitantes, pero es una gozada sentirse como en casa.

Decido deambular por sus calles sin rumbo y tomar un camino de tierra que llaman “Dehesa Boyal”, pero no sé dónde termina. Paseo junto a cercas de ovejas, cerdos, gallinas... y puedo apreciar perfectamente la extensa dehesa extremeña, es un entorno maravilloso.

Dehesa extremeña - Torrecillas de la Tiesa
Caminos - Torrecillas de la Tiesa

Continúo por el camino y distingo en el horizonte la silueta de la muy noble y leal ciudad de Trujillo, tierra de conquistadores como Francisco Pizarro y Francisco de Orellana, cuyo patrimonio histórico y monumental es impresionante. Me detengo pensando en los días que recorrí sus empedradas calles repletas de palacios e iglesias, como si de otro siglo se tratara.

Mi sombra empieza a moverse, percibo cómo el sol va cayendo y mis pies me guían hacia la casa de campo de Chencho, “Villa Chévere”. A medida que avanzan los minutos, las nubes bailan al son de diversas tonalidades de colores (amarillo, naranja, azul, morado,…). La combinación cromática reflejada en el cielo ofrece un atardecer emocionante.

Atardecer - Torrecillas de la Tiesa

Me encuentro en medio del camino con el cielo oscureciendo e incapaz de resistirme a la idea de disfrutar de todo el proceso hasta el anochecer, decido entrar en “Villa Chévere” donde la familia está preparando la mesa para disfrutar de una barbacoa.

Hay momentos que se quedan grabados en la piel, y Extremadura es el centro de la pulsación. Nos reunimos familia y amigos de diferentes lugares pero con una raíz común, disfrutamos de barbacoas interminables, de fiestas que no son para contarlas, sino para vivirlas y amaneceres al son de “qué bonita es la amapola, ay, ay, ay…”. Quien tiene un pueblo en Extremadura, tiene un tesoro. 

Ya ha oscurecido, aprovecho que tenemos el estómago lleno para pasear y alejarme de las luces de las farolas alumbrando solamente el suelo que voy pisando con la linterna del móvil. Me detengo unos metros más adelante y apago la luz, decido dirigir la vista al cielo y no puedo evitar emitir un ligero “oh”. Tengo ante mí un cielo bañado de estrellas, sin necesidad de utilizar un telescopio se puede diferenciar fácilmente dónde se encuentra la vía láctea y me siento muy pequeñita ante semejante inmensidad.

Cielo de Extremadura - Torrecillas de la Tiesa

Disfrutando de las estrellas en Villa Chevere - Torrecillas de la Tiesa


Gracias Extremadura por regalarnos cielos de colores, atardeceres que quedarán guardados para siempre en nuestra retina, océanos de estrellas fugaces a las que pedir miles de deseos y fantásticas personas que lo convierten en el lugar favorito al que volver. Gracias abuelos por enseñarnos la vida de pueblo en Torrecillas de la Tiesa.



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Este artículo forma parte del libro "Cielos de Extremadura" en el que junto a otros blogueros y fotógrafos hemos colaborado. ¡Gracias, un placer escribir sobre una tierra que llevo en el corazón! 















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